
No vendrá.
No, nunca lo hará.
Y así, convencida, se quedó apoltronada, entre la cama y el sofá, encerrada en una casa mental donde no salía porque ella misma, mantenía la llave guardada.
Así fue como poco a poco, fue quedándose sola.
Primero sus padres, de un amor insobornable a los que la vida apartó porque así se escriben estas cosas.
Luego sus hermanos, siguiendo el hilo de su propia existencia que no podía detenerse de perpetua, para respetar a de aquellos que no la seguían.
Finalmente, el amor, por puro y resistente que fuera, harto de ser prisma en el país de los ciegos, de insistir hasta el hartazgo en lo mucho que había y que ella se enfadara porque pensaba que no la comprendía
Un día, ya tarde como siempre sucede, se dio cuenta de que su cama, su inmensa cama, estaba fría.
Y eso que ella estaba.
Y eso que ella aun canosa y viejita, respiraba.
Fría porque quien dentro estaba, de tanto perderse la vida, terminó quedándose, muerta.