jueves, 6 de noviembre de 2008


El Monaguillo
- ¿Crees en Dios?.
Uno suele esperar este tipo de compromisos en un ambiente algo más relajado que la sacristía.
Pero la pregunta me la hicieron allí, con ocho años escasos y frente a mosen León, aquel cura sacrosanto y temido que lo mismo impartía bendiciones que arreaba sufridos coscorrones cada vez que le rompíamos la cuerda del badajo.
A la abuela, mujer beata hasta el extremo, parecía ilusionarle aquello de verme meneando la campanilla cada vez que el sacerdote alzaba la forma sacra.
Pero para mi aquello era un suplicio mitigado cada vez que el mosen no daba la espalda y nos comíamos las ostias por docenas, estuvieran o no bendecidas.
Solo pensaba en acabar lo antes posible con Dios y correr hacia la plaza, para ver si todavía estaba a tiempo de echar unos pelotazos antes de atender a la merendola.
- No lo se – respondí.
- Si – acató sorprendentemente sumiso- A tu edad todavía no te lo ha dicho.
Mosen León se quedó mirando a través del enjuto ventanuco que asomaba a la montaña.
Era un gesto muy suyo.
Me refiero a eso de quedarse callado y oculto, contemplando un paisaje que en realidad, dudo que alguna vez llegara a mirarlo con detalle.
- Algún día lo sabrás. Solo espero que no me pierdas el respeto por ello.
Bucardo

miércoles, 5 de noviembre de 2008

El Cambio


El Cambio
Al hombre del puro, los cambios le daban miedo.
Su puro era cubano puro, hilado a mano por cinco centavos, importado por un dólar y fumado a seis la bocanada.
Y cada una de aquellas bocanadas, era un recordatorio de cuanto poseía y cuanto, por tanto, podía llegar a perder si lo aceptaba.
Pero afuera resonaban los gritos y por mucho oro e influencia que tuviera, por mucho que le incordiara, el asunto era tan nefasto, que ya ni siquiera acataban su deseo de silencio.
- !Callaos os lo ordeno!. !Callaos!. ¿Acaso no sabéis quien soy yo?.
Si, si que lo sabían.
Por eso precisamente querían el cambio.
Al hombre del puro le entró el acobardamiento.
Pero era entonces, cuando temía perder aquel privilegio, cuando lograba sacar la mejor punta de su ingenio.
Cogió un vote de pintura, un pincel sin uso y adoptó el nuevo aspecto.
Y al presentarse ante la masa, esta dejó de gritar, engañada por el cambio.
El hombre del puro se sentó en el sofá y con la chimenea encendida y la copa de Calvados flotando en la mano, continuó saboreando aquel pedazo de Habano.

Bucardo

jueves, 30 de octubre de 2008

La Gabacha


La Gabacha
La gabacha ya no nos trae olores sobre el lomo.
Anda desalada, perdida y huérfana.
Antaño, siendo yo muy crío, contemplaba ensimismado las enormes fosas nasales del abuelo.
Inflándose velludas, aspirando y expirando, parecían ser capaces, con cada bocanada, de averiguar todas las cosas que la gabacha traía consigo.
La gabacha nunca se veía.
Solo podía sentirse.
Era un viento tan helador como el norte donde lo parían y con el, portaba fiel el recuerdo de todo aquello que hubiera rozado.
Desde los Gaves franceses hasta las llanuras del Somontano.
Si mecía los pastizales, olía a hierba.
Si provocaba el crujido de los hayedos, olía a níscalo y a húmedo.
Si jugaba con el pelaje del oso...olía a oso.
Para destriparlo, el abuelo lo encaraba impasible, mudo y serio, terriblemente serio.
Como si fuera juez supremo de un juicio supremo.
Esta tarde lluvia.... – sentenciaba –....y jabalís bien gordos por la barranquera de Lomenás.
Desde su seriedad supe robarle aquella extraña enseñanza.
Tras muchos años, a base de paciencia y fallos, aprendí a descifrar el jeroglífico diario que la gabacha portaba hasta el llano.
De mañanas, apenas amanecía, cuando el día era limpio y el calor naciente animaba, me solazaba con largos paseos que duraban casi hasta el almuerzo y en los que procuraba aguzar las orejas por donde mejor les llegara el viento.
Es así como puedo llegar a saber que la lluvia arrecia gorda sobre el Soaso, que la nieve será espesa la próxima ocasión que se presente, que los rebaños anduvieron inquietos la pasada noche por culpa de unos ladridos, que los sarrios se persiguen encelados o que el águila, llora por una mala crianza.
Todo lo que la gabacha rozaba era chisme...pero solo a mi me lo contaba.
Antaño ya es mucho antaño y ahora, con los nietos renegando desde el asfalto, quedo viudo y descuidado, recordando aquellas narices grotescas que abultaban la cara del abuelo.
No ando solo.
Al menos cuando charlo con el viento.
Solo así puedo saber antes que nadie.
Saber que desde que subieron las máquinas, no soy capaz de oler la frondosidad del hayedo.
Saber que desde que llegaron los del maletín, el monte que roza es menos tierra y más asfalto.
Saber que desde la cabañera, llega más olor a hombre que a cordero, a todoterreno que a cayado.
Una mañana, desmigando el pan sobre la leche caliente, la gabacha vino enrabieta, abriendo las ventanas e inundándome la casa.
La noche pasada, los hombres, encorajinados por tener una escopeta cruzada, habían salido al monte para vengar en otro sus frustraciones.
Y el viento me dijo que lo habían conseguido.
Desde entonces, jamás volví a oler un oso.
Durante semanas, a mis espaldas algunos insensatos anduvieron presumiendo sin vergüenza...sin miedo.
Apenas me dejaban sentirlo con mi silencio.
“Solo el tonto puede llegar a querer... – pensé –....levantarse un día siendo más pobre que ayer”.
Bucardo

miércoles, 29 de octubre de 2008


El Veneno
- Nadie me explicó que esto fuera así.
Madre no escuchaba.
Era tarde.
A esas alturas ya debía de estar envenenada.
Frente a la familia, el plasma, los había succionado hasta impedirles incluso el habla.
En la programación prometieron, dos homicidios, una violación, la receta de una comida milagrosa que no engorda, una mujer llorando, unos hombres que gritan, la cacería de una bestia salvaje, un toro lanceado, la histeria del colectivo y un especial informativo sobre la vida sexual de cierta marquesa.
Al chico, la queja le fue perdiendo fuerza, la expresión se le tornó hueca, la conciencia, perdiéndose de toda lectura y el libro, desolado, acabó resbalando hasta caer sobre el entarimado.
No hagas ruido – se quejó la hermana mientras agarraba el mando imponer más volumen.
Y así fue como el, tu, todos, quedamos envenenados.
Bucardo


El Error de Frances
Con los años y el desastre, también le vino a Frances el arrepentimiento.
Frances amigo, el monte es para siempre, el monte es para toda la vida. El cemento es cosa de unos cuantos con poco tiempo.
Paseaba cansino y algo cheposo, aunque la edad solo le acorbataba cincuenta y ocho años.
Entre las moles, las agujas que pinchaban malhiriendo el paisaje del valle, se escuchaban pasos, los suyos, resonando en aquel vacío que en tiempos se llenaba quince días por año y ahora solo era gris...gris mudo y cementero.
Giró para coger la senda que bajaba hasta la ribera, donde de chico trataba de coger truchas a manos o alcanzar la carrera de alguno de sus perros.
Ahora la presa retenía la corriente y el zumbido insano de la electricidad se alejaba por gruesos cables hacia el sur, donde le sacarían el provecho que a ellos les birlaron.
Frances amigo, ¿no te duele?, ¿no lo sientes tuyo?, ¿no vas a hacer algo?.
En verano, cuando retumbaba la tormenta, parecía escucharse el grito del río, enrabietado mientras trataba de librarse de aquel bozal con que lo habían amordazado.
Cruzó el puente.
Era ancho y blanquecino, con la lengua alquitranada perfectamente marcada, arañando la tierra hasta llegar al campo de golf que lo justificaba...al otro lado de la vaguada.
Antes que el campo hubo pueblo, con tres familias y una veintena de paisanos.
Pero al puente solo lo trajeron con la excusa de los 18 hoyos...cuando las casas ya había cerrado.
Frances retuvo la mala conciencia y miró al cielo.
Volaba sin pájaros.
Miró al monte.
Se alzaba en silencio.
Y a cada paso, se arrepintió por no haberles hecho caso.
Pero era ya demasiado tarde como para reconocerlo

Por un Pirineo con Osos......

Bucardo

viernes, 24 de octubre de 2008

La Negativa


La Negativa
La gangrena del silencio nos estaba amputando.
Era un virus sordo y mudo que nos cosía la boca y cercenaba el sentimiento.
Por desesperados que estuviéramos, aun dolidos y agonizantes, lo cierto, es que ya no teníamos nada que decirnos.
Salvo el reproche.
La soledad es una mala suegra que se impuso entre nosotros a pesar de la mutua compañía....en el comedor, en la cocina, bajo el teléfono de la ducha, mirando el techo tumbados sobre la cama.
Siempre juntos....siempre solos.
Estaba cansando de sentirme piedra, obstáculo, barrera en su destino.
Y todo por una banalidad surgida en el mejor de los días.
Caminábamos cogidos de la mano, nos comimos bajo la sorprendida mirada de los camareros, regresamos al hogar e hicimos el amor con menos de cuerpo que de cardíaco.
Desnudos y satisfechos ella me miró.
¿Si? - preguntó.
No – di la respuesta.
Y no hubo más.
Así de sencillo.
Pero sin saberlo, ni yo ni ella, plantamos la semilla de una diminuta frustración que con los años, se nos convirtió en cosecha amarga.
Sin darnos cuenta, comenzamos un lento proceso en el que se nos separaron las manos, pusimos los ojos sobre el plato y recurríamos al desfogue tan solo cuando nuestros cuerpos ya desbordaban más allá de lo irrazonable, con los párpados cerrados e imaginándonos en otro lado.
Me hice extraño.
Se hizo extraña.
Nos amargamos.
Cada mañana cogíamos un autobús diferente que por la noche, volvía a dejarnos en la misma parada para el aseo, la comida y el descanso.
- Hasta luego – se despidió ella.
- Hasta luego – me di la vuelta en la cama.
Bucardo

miércoles, 22 de octubre de 2008

El Buen Hijo
¿Lo mataste?.
Si madre.
Bien – asintió orgullosa- Ahora siéntate.
Sucio y exhausto, el hijo se sentó apoyando los codos sobre las rodillas y aliviando su cabeza del peso de la boina.
El entendimiento apenas se le resistió unos segundos a la magia hipnótica del fuego.
La madre cogió un plato de madera, lo rellenó con gruesa cucharada de cocido y se lo puso en el regazo.
Andaba seria y conformada.
No lo miró, no le hizo gesto...tan siquiera le regaló un mimo o alguna insulsa caricia.
Se quedó, eso si, ensimismada mirando aquellas dos manos, animalescas, velludas y ensangrentadas...aquella navaja cerrada y dormitando entre la camisa y el fajo....y aquellos ojos impropios, inconscientes del mal que habían causado.
Ella le dijo !hazlo!.
Y el lo hizo.
Afuera el viento soplaba.
Con el, llegaban claros el sonido de los cascos, golpeando el camino que traía hasta la pardina.
Aun les quedaba trecho.
Eran los somatenes, sus rifles, sus horcas y su ley sin presos.
Madre e hijo no perdieron tiempo en despedidas.
Mientras todavía escuchaba los tragos del vástago dando cuenta del guiso, madre esparció la brasa del hogar sobre el suelo de la casa.
La madera reseca y el viento, hicieron el resto.
Ella se lo quedó mirando y el, por no contrariarla, no salió corriendo.
Cuando la partida paró, frente a ellos, solo había fuego.
Bucardo