domingo, 13 de abril de 2008

La Muerte del Rey


La Muerte del Rey

Aunque vencido, Rodrigo mantenía el empeño en no rendirse si antes no estaba muerto.
Con el filo mellado pero sostenido, mantenía la cabeza hundida en el tronco, protegida tras un escudo despedazado, semejando a un jabalí malherido a punto de arrancarse contra sus asesinos.
Horas antes era rey.
Horas después porfiaba por morir sin dejar de serlo.
Sorprendentemente, sus enemigos, invasores de tez aceitunada que luchaban descalzos, con lanza y sin mayor protección que una túnica y su velo, lo rodeaban sin incordiarlo.
En torno al rey, un puñado de fieles, todos malheridos, todos maldiciendo, decidieron, sin mucho convencimiento, que no les quedaba otro remedio que morir junto a su soberano.
Formaron un círculo enjuto y entorpecido por los cadáveres amontonados.
Parapetados tras el polvo y los infantes sarracenos, se erguían, a salvo de todo peligro, las figuras de los nobles traidores, los mismos que en pleno arranque, cuando el rey ordeno cargar, torcieron las armas contra sus propios hermanos.
Hoy sobre los campos del Guadalete, quedarían más visigodos vivos y traidores que muertos en batalla.
- ¡Dios os condenará! – gritó impotente - ¡Dios os condenará!.
Pero ni tan siquiera el mismo se convencía.
Dios es el último recurso de la impotencia y la cara del conde Don Julián se lo confirmaba.
Satisfecho en todo su ego, bajo el casco ofrecía un rostro victorioso de quien sabe que los dioses son para los que creen y que la historia no suele juzgar a mal a quienes la escriben.
Y para escribirla, hacía falta estar vivo.
- ¡Esta noche dormiré caliente Rodrigo! – increpó - ¿Dónde dormirás tu?.
El último de los reyes visigodos asió con mayor brío la empuñadura y sin retirarle la vista al traidor, cargó con la ceguera y el odio que poseen los que se saben irremediablemente derrotados.
Antes de morir todavía pudo llevarse a tres o cuatro de aquellos harapientos.
Pero al expirar, tuvo que dar la razón a quienes aseguran que el valor no es algo que suela reconocerse…ni aun después de muerto.
Bucardo


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miércoles, 9 de abril de 2008

El Diario de mi Hermano


El Diario de mi Hermano
Cuando mi hermanó desapareció, lo hizo convencido de que no podía esperarle nada peor.
Mientras buscamos, la policía, los amigos, sus amantes e incluso los compañeros de trabajo, se encogían de hombros cuando les preguntaban por que creían que se había marchado.
Luego, cuando nos conformamos, terminamos por acostumbrarnos a su ausencia, a que su sitio sobre la mesa nunca terminara de ocuparse o a que nuestros padres, suspiraran melancólicos cada vez que en la televisión, echaban uno de sus programas favoritos.
No supimos de ninguna respuesta hasta que cinco años más tarde, reunimos valor para entrar en su habitación y retirar la ropa del armario.
Entre los calcetines de invierno, esos de lana blanca que tanto le gustaban, encontramos un cuaderno de espiral, sucio y emborronado, que a primera vista no parecía nada pero que en realidad, al abrirlo, resultó ser un Diario.
Fue así como conocimos de sus penas, de su inmensa decepción y del desconsuelo que para el suponía, no encontrar remedio.
Nunca los sospechamos.
Las apariencias venden en falso sobre todo porque el, a diario, estuviera donde estuviera, no parecía sentir mayor desasosiego que lo cotidiano, las preocupaciones superfluas de quienes pocas cosas se toman en serio.
Y sin embargo, el alma no le concedía tregua y se le iba desgranando, confesando sus pesadillas de Diario que nos descubrieron a un hermano, muy diferente de cómo lo habíamos concebido.
Parecía como si con cada hoja, se nos apoderara la desapacible sensación de haber convivido, tantos años, con alguien que ahora nos resultaba desconocido.
Supongo que nunca nos tuvimos demasiadas confianzas.
Crecimos juntos más nunca unidos y eso puede llegar separar mucho más que las distancias.
Pero mi hermano nunca fue tonto.
De haberlo sido, jamás habría llorado tan hondo sobre aquella desilusión que lo obligó, un día, a abrir la puerta sin equipaje y dejarnos sin saber donde se le busca.
Por eso lo sabía con vida.
Los que voluntariamente se la quitan, es porque ya no encuentran manera de forzar un cambio.
Y aunque su decisión se tomó a la desesperada, como desesperados nos había dejado, cada día agradecí que en algún lugar del mundo, anduviera detrás de sus propias sonrisas…mucho mejor que llevarle flores al cementerio.
A veces duermo con su diario sobre la mesilla.
Y pienso que en algún sitio estará el con un boli en la mano.
Tal vez se acuerde de nosotros aunque preferiría que en su nuevo diario, le sobrara la dicha que nunca le dimos y la faltaran espacios en blanco.
Bucardo

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martes, 8 de abril de 2008

La Nota Amarilla


La Nota Amarilla
Sentado sobre el borde de la cama, Román examinaba la foto.
Era la de un muchacho todavía joven, algo flaco, algo apuesto, de ojos azules y tristes aunque en su tímida sonrisa se dejara entrever un alma grande y una profunda inteligencia.
Pegada en el borde del marco, una notita minúscula de color amarillo, tenía escrito “MI HIJO” con letras rojas y grandes.
Román retiró los ojos con el rostro mustio y confundido, las manos entrelazadas entre las piernas y aquella postura tan suya, a medio camino entre lo temeroso y lo sumiso.
Aquella cara le sonaba a propia, solo que algo menos arrugada, con las cejas más ligeras y separadas, la calva todavía incipiente y ni rastro de papada bajo la barbilla.
Durante cinco minutos se palpó a si mismo, comparándose con la imagen que veía en la fotografía.
Mirando de frente, hacia el espejo insertado en la hoja central del armario ropero, descubrió otra nota con idéntica letra roja rezando un “ERES TU” visible desde la cama.
Y sin embargo no se encajaba, no terminaba de sentirse el.
Alrededor suyo, tuvo conciencia de que la habitación estaba punteada por docenas de aquellas misteriosas y amarillas anotaciones, que brillaban con la tenue oscuridad como si se tratara de pequeñas estrellas atrapadas.
Estrellas a modo de farolillos que parecían quererle indicar un camino que Román no terminaba de hallar en ningún mapa.
Se miró las manos que le temblaban como si fueran las de un recién nacido.
Fue entonces cuando la puerta se abrió, iluminando repentinamente la estancia y al pobre, acobardado, no se le ocurrió otra cosa que bajar la cabeza al suelo como si al hacerlo, negando la vista a lo que entrara, ningún peligro existiera.
Poco a poco, a medida que pasaban los segundos y nada malo le ocurría, cogió valor para levantar los ojos y contemplar la figura que parecía esperarlo a medio camino entre el interrogante tenso y la ternura.
Román lo miró primero y luego hizo lo mismo con el retrato de la mesilla.
- ¿Hijo?.
Y el hijo ya sin el interrogante, se acercó para acuclillarse ante el y abrazarlo.
Román, aunque dubitativo, se sintió reconfortado.
Un abrazo era cosa importante, un abrazo no se lo lleva cualquiera y aunque le costaba esfuerzo reconocerlo, sin duda quien se lo daba, debía de ser su hijo.
Bucardo


Registro Propiedad Intelectu@l

domingo, 6 de abril de 2008

El Hombre que no quería robar Oxígeno


El Hombre que no quería robar Oxígeno
Allí bajo el inmenso arco del puente, la lluvia se hacía un poco más llevadera.
Allí hasta se deleitaba contemplando como las gotas de lluvia se fundían con la corriente, provocando que brotaran diminutas e incontables hondas del agua, de vida breve si, aunque durante aquellas ridículas milésimas de segundo, consiguieran sosegar el insaciable espíritu de Michel.
Michel, sentado, con su flacucho cuerpo hecho un ovillo sobre si mismo, apretando sus dedos entrelazados, intentaba retener el calor, contener la rabia, ambas robadas o encrespadas por la tormenta hasta que el viejo puente medieval, como buen pedazo de piedra que era, le ofreció su protección pero no su abrigo.
Allí podría recuperarse, allí podría pensar, allí podría encontrar la manera más rápida e indolora de suicidarse.
Escoger el momento exacto de la muerte había sido, durante generaciones, un privilegio exclusivo para su familia.
Podría incluso decirse que se trataba de una herencia genética, que si bien les privaba del derecho al responso y camposanto, les permitía no obstante, sentirse con el derecho a la autosuficiencia que los de la mitra habían acaparado por cuestiones…….indescifrables.
A comienzos de siglo, la tía bisabuela Germana había escogido el veneno. Cuando lo bebió era una veinteañera pueril y cargada de un romanticismo utópico y poco práctico que la llevó derechita ante San Pedro por cierta relación despechada con un hombre casado.
Al abuelo le dio por tomar idéntica resolución en el frente, hundido hasta la cintura en el fango de Verdún, cuando decidió que mejor muerto por mano propia que soportar la lotería diaria de no saber si te iban a matar a tiros, a la bayoneta, de un cañonazo que te borrara de la faz de la tierra o agónicamente gaseado.
Quince años atrás, madre escogió el gas.
A Michel aquel método le parecía excesivamente peligroso.
Nadie debía seguir sus mismos pasos por obligación de la onda expansiva y si el etéreo elemento se acumulaba y alguien desprevenido e inocente encendía un cigarro, una barbacoa o una hoguera en las cercanías, ese terminaría por ser su inesperado destino.
Madre era buena y precisamente por eso, a causa de su inagotable bondad, terminó por ver desaparecer todas las razones que la llevaban a continuar respirando.
Dejó de hacerlo el mismo día en el que la señora Doumetrau atropelló a “Dixie”.
Aquel viejo y desdentado pastor alemán, cuya vejiga apenas tenía fuerzas para marcar el territorio más próximo al jardín, había sido el compañero fiel de madre durante casi veinte años.
Las mismas dos décadas en las que la señora Doumetrau, una mujer oronda y malcarada, había ejercido de vecina cotilla e indiscreta, descontenta con su propia existencia, al que un marido alcoholizado, un hijo desconocedor del significado de la palabra cariño y una suegra candidata perpetua a ser víctima de un homicidio, habían amargado la existencia.
¡Cuantas oportunidades había tenido a lo largo de tanto tiempo de encontrar refugio en casa cuando su marido confundía el agua de grifo con el vino rancio y la caricia tierna con el bofetón!.
Sin embargo, no pareció acordarse de los paños fríos que madre solía colocar sobre su ojo amoratado cuando aquella mañana la vio regalando al cartero una rosa recién podada.
El correo apareció acompasado por un bufido cansino de “Dixie”, en el mismo instante en que ella faenaba en el jardín, y a la pobre, como a los demás vecinos que lo contemplaron, le pareció un gesto atiborrado de agradecimiento, olvidado por toda mala intención.
Sin embargo, la señora Doumetrau pareció encontrar cierto alivio en su peculiar forma de ver el regalo y al, convertirse en el centro de atención de toda peluquería por donde apareciera, en aquella semana terminó por hacerse dos permanentes, unas mechas y un teñido, tomarse dos docenas de cafés con dos docenas de tertulianas y acudir de mañanas a un bautizo, de tardes a un entierro, donde muerto y neonato, terminaban por convertirse en secundarios frente a su acelerada lengua.
Y entre rulos y sacarinas, sus “visitas” a casa de madre se transformaban en alocadas confesiones al calor del te, los maltratos de su marido, en efusividad amorosa y la generosidad de su vecina en abierto coqueteo, insinuación perversa u oferta de puerta y cama abierta.
Madre aguantó un mes la tormenta provocada por el aspirador gigante que la señora Doumetrau había conectado.
Al final, metiendo la cabeza en el mismo horno donde tantas tartas tomaran el punto, puso el gas al máximo y cerró los ojos.
Michel tuvo que aceptar la pérdida, comprar un ataúd sin cruz y soportar fríamente el hipócrita pésame con que la señora Doumetrau puso la guinda al pastel.
Padre apenas la sobrevivió tres años.
La convivencia que todo lo corroe, terminó por desgastar la pasión carnal entre ambos pero no consiguió jamás extinguir su desesperada necesidad mutua, su absoluta compenetración en el día a día que afrontaban.
El tiempo es sabio, pero también cruel y la ausencia terminó por poner sus dedos en el gatillo de aquel Colt corto de 35 mm y ha desgajar para siempre el desgajado edificio de su vida.
Los hombres somos menos delicados, menos mirados, más viscerales que las mujeres.
Tal vez por eso Michel no se sorprendió cuando, al entrar en casa, sus zapatos pisaron la caramelizada sangre de su padre, cuyo cadáver lo miraba derrumbado sobre el sofá del salón.
Todo el pueblo acudió al funeral…...el señor Menier, el panadero, quien treinta años antes había jurado amistad eterna al finado cuando este le prestó 10.000 francos con los que poder comprar una furgoneta y que terminó pagándole con la moneda del desagradecido cuando lo denunció por cuatro palmos de tierra…..la señorita Lucient, su secretaria, ahora secándose las lágrimas, a quien nunca puso en la cola del paro a pesar de sus repetidos y garrafales errores mecanográficos pues cada vez que pensaba en hacerlo se acordaba de su reciente matrimonio con hipoteca, favor que ella devolvería años más tarde, voceando de bar en bar que su caro tren de vida lo había pagado arrodillándose bajo la mesa de su jefe…..el señor Oreste compañero de pupitre y primeros amores quien siempre sentía una especial e irresistible atracción por acostarse con las mujeres que su amigo amaba y vivía obsesionado con madre hasta que esta decidió poner fin a sus constantes insinuaciones con una bombona de butano……
A Michel le venció todo el pueblo, a una, sin mayores ni menores culpables, extendiéndose sobre su alma como una fuerza negruzca, espesa y pestilente que todo lo ahoga, sobre todo aquello que intuyen diferente a ellos, de lágrima viva y sincera.
Unas horas antes, bajo el pesado cielo gris que retumbaba sobre su cabeza, ante la tumba de madre, pensaba en las razones que lo iban a llevar hasta el camposanto, en quien asistiría a su entierro, quien lloraría, quien diría “…con lo joven que era….” o quien acudiría tan solo para ver si había quedado bien maquillado y adecentado dentro de la caja.
Pensó en Luc Desant y en el comienzo de su fin, en el día que anunciaron la …..”reestructuración interna de personal en alas a mejorar el servicio y eficacia hacia nuestros usuarios”, vulgarmente, la regulación de empleo que se les venía encima y la decisión que tomó de renunciar a su sueldo fijo como cartero por hacerle un favor a los cuarenta y cinco años de su amigo…...los cuarenta y cinco, algo de reuma, su pedaleo lento y poco productivo, sus cuatro hijos exigentes desde una matrícula universitaria hasta los últimos trapos de moda cara y fútil, una mujer asmática y recluida y la residencia de ancianos donde comían puré bien pasadito sus progenitores.
Ellos jamás lo comprendieron.
Eran incapaces de hacerlo.
El egoísmo y la desconfianza habían momificado de tal manera su corazón que se creían realmente felices con la desdicha ajena, con el acaparamiento…..tener, tener, tener…..desconfiando de todo aquel que diera sin esperar nada a cambio.
Michel el raro hacía cosas raras, como regalar su empleo a Luc, quien ya fuera hoy o mañana terminaría por encontrar un motivo para no agradecerlo, o escribir poemas cerca de la ribera con la esperanza de ver al martín pescador zambulléndose tras alguna captura, o pasear por las calles del casco antiguo deseando encontrarse una nueva inscripción desapercibida ante sus despistados ojos…….el raro que rehuía fiestas y verbenas, el raro que no gustaba del contacto humano, el raro que no bebía, el raro que pescaba sin anzuelo tan solo por encontrar una excusa con la que acercarse al río, el raro que tarareaba sin timidez las primeras canciones que le acudieran a la mente, fueran las que fueran, estuviera donde estuviera, el raro que saludaba con una inclinación respetuosa a las señoras maduras y un beso en la mano a las mujeres en edad de despertar anhelos, el raro que buscaban cien mil veces en la biblioteca municipal un ejemplar jamás descubierto y se alegraba como niño tras caramelo si conseguía hacerlo, el raro que se disgustaba escuchando los ladridos ávidos de los perros cuando se cazaba en los bosques cercanos a su casa, el raro que se emocionaba leyendo a Neruda porque lo que contaba era su sentimiento y no su pensamiento, el raro que no votaba, el raro que no gustaba de balones, el raro cuya mirada era expresión viva y constante de sus sentimientos…….
Si, Michel era generoso y odiado porque con su presencia, cada día, les recordaba que ellos jamás podrían serlo.
Por eso había que destruirlo, amargarlo, arrastrarlo por voluntad o a viva fuerza hacia su repleta acera.
El tratamiento apenas duró unas semanas.
Comenzó el lunes, cuando la señora Doufleu olvidó cuantas veces había sido socorrida por el solicito Michel cuando al hombrecillo verde del semáforo le entraban las prisas y sus raquíticas piernas no daban más de si.
Por la tarde el señor Robert no parecía acordarse de quien arremetía contra las malas hierbas de su jardín durante los meses que su tibia estuvo escayolada y el martes a la memoria de la señorita Rodel le entró pereza, pues no parecía recordar la docena de veces que el hombro y algo más de Michel le había servido de consuelo y alivio cada vez que pillaba a su novio meciéndose entre los brazos de una rubia de pechos más generosos que los suyos.
El miércoles la señora Petain no quiso recordar cuantas de sus tardes solitarias lo habían sido menos gracias a las cortas visitas que Michel le hacía y que conseguían mitigar su viudedad y el olvido al que sus hijos la tenían postergada y el jueves a los niños de la escuela ni se les pasaba por la cabeza los euros que Michel se gastaba comprándoles caramelos de azúcar quemada cuando al cruzarse con el a la salida de la escuela le llamaron “engendro” y le tiraron piedras.
El viernes comenzó a llover y el señor Lextar, el constructor, con su enorme todoterreno lo empapó mientras se dirigía al río para retomar fuerzas cuando cruzó sobre un charco que podía perfectamente haber evitado, el sábado los mozos del pueblo fueron a jugar al fútbol en el campo que queda junto a la casa, donde jamás lo hacían porque no era muy grande y no había piedras con las que marcar las porterías, pero donde bien sabían donde molestarían más sus gritos, improperios, miradas soberbias y pelotazos al portón de entrada.
El domingo decidió que ya no le quedaban mejillas. Había sido diana saturada de dardos.
Nadie lo molestó.
Se levantó bajo la tormenta a las seis de la mañana y estuvo todo el día encontrando fuerzas y pensando como dolía menos arrancarse la vida.
Sentado bajo el puente medieval, en aquella tarde tan otoñal, tan brusca y arisca, Michel no encontraba fácilmente una solución a su dilema.
No deseaba provocar arcadas de disgusto en aquellos que tuvieran la mala suerte de tener que limpiar sus sesos desparramados en caso de volver a sacar brillo a la pistola de papa.
Tampoco le parecía bien provocar la alarma en todo el pueblo cuando empezara a oler a gas y todos se acordaran de encender el cigarrillo al mismo tiempo.
Le asqueaba mearse y eyacular sobre sus pantalones como había oído que hacían los ahorcados en cuanto sentían la soga apretándose mortalmente sobre el gaznate y tampoco le convencía precipitarse ante la crecida del río sabedor de que una mano invisible lo arrastraría obligándolo a perecer con una larga y desesperada agonía.
Si, la muerte podía ser todo lo deseada que fuera, pero por lo menos debería recibirse con una sonrisa y no con el rostro contraído por el dolor y la desesperación.
“Estoy cansado” – pensó – “Muy cansado”.
Y así, con la cabeza entre las piernas, confundiendo sus lágrimas con las gotas de lluvia que le resbalaban por la cabeza hacia el cuello, encontró una solución……la más dolorosa y larga.
Alzando sus pesados y ojerosos ojos negros, los posó durante unos minutos en el discurrir rápido y encrespado de las marrones aguas del río, sobre la que flotaban ramas de gran tamaño, cúmulos de hojas o incluso ocasionalmente, alguna ave muerta.
Retornó la lluvia y camino como si de un agradable paseo primaveral se tratara, sin prisa y saboreando cada bocanada de aire camino del vecindario.
Con cada paso que daba, acercándose hacia la silueta empapada del pueblo, su sonrisa se hacía más abierta y su corazón más cerrado hasta que al toparse con la Sra Dilian, quien unos días antes había jurado haberle visto contemplando con ojos degenerados a las niñas de la escuela, la saludó con un gesto de la cabeza y, alzando la mano….
- Buenas tardes Sra Dilian ¿Cómo esta usted?
- Bien, bien – respondió algo sorprendida.
- Resguárdese mujer, que va a arreciar más fuerte – aconsejó.
- Gracias, gracias.
Y justo en ese momento Michel fue fiel a la tradición familiar y dejó de existir para siempre.
No lo hizo de un disparo, ni con el gas del horno, ni en el río ni ahorcado en un árbol tétrico y solitario.
Lo hizo entregándose a la riada que sus propios vecinos habían generado…..por eso a partir de entonces sería conocido como el Señor Michel.
Bucardo


Registro Propiedad Intelectu@l

sábado, 5 de abril de 2008

El Reparador de Estrellas


El Reparador de Estrellas
¿Qué como llegué hasta donde estoy ahora?
La verdad es que si bien mi historia no es ni mucho menos de lo más convencional, empezó como lo hacen muchas de ellas……con una mujer.
Una mujer que en su día, preocupada por ver como los adultos consumían vida, paciencia y felicidad solucionando cuestiones insípidas, se paró en seco, trenzó con fuerza sus diminutas coletas, se vistió con ropas anchas y decidió con firmeza que desde entonces y para los restos, se negaba tajantemente a continuar creciendo.
Ni que decir tiene que ante tamaño arrebato, sus padres, sus primos, sus amigos, parientes y vecinos zanjaron el dilema archivándola en la sección “locuras y manías varias” de su biblioteca social pero cuando la conocí….y de esto mis canas prueban que hace ya unos cuantos años…..conocí a la criatura más sensata, cuerda y sensible de cuantas habían sido paridas en el seno de la humanidad, la más tierna, dulce y sincera que cruzara faz, besos y mil miradas junto a mi.
Una madrugada, una de esas raras ocasiones en la que nuestros ojos no se entrelazaban sino que lo hacían con el cielo nocturno, tumbados sobre la alfombra verde de un prado montañés, acompañados por el gorgojeo de las perdices pardas, ofendidas por ocupar sus territorios sin su permiso, intentábamos contar estrellas, un mar amplio e inmenso de estrellas que se extendían en mil tamaños y agrupaciones diversas, unas frioleras y apelotonadas, otras valientes y solitarias, algunas ariscas, otras brillantes, todas hiladas según como la imaginación ofreciera…..un piruleta, un gnomo, una boca con lengua ancha y burlona, un caballo ¿o era un burro grande?....
Y su luz, extinta allí donde brotara millones de años antes de que nosotros nos cogiéramos de la mano, iluminaba nuestras miradas, sobre todo la suya, salpicada por lágrimas silenciosas, como si de repente, su memoria hubiera recordado que tanta belleza nos quedaba demasiado alejada como para poder palparla y una expresión melancólica probara su necesidad de contemplarla de cerca.
Lamí su tristeza que descendía por sus mofletes……
- Ojalá fuera un reparador de estrellas – dijo.
- ¿Reparador de qué?
- Déjalo, solo es una de mis tonterías. Una más
Pero…..¿por que algo que la apenaba de semejante manera iba a ser una tontería?.
¿Acaso era una tontería el negarse a caminar por la vida comprando, meando, comiendo, comprando un poco más, llegando a la jubilación y muriéndose para terminar con San Pedro o Satanás pero siempre pagando el alquiler del hueco donde se pudren nuestros huesos?. ¿Acaso resultaba ser una tontería que en lugar de encender el televisor y languidecer física y mentalmente ante una pantalla de 24 pulgadas que piensa, hace, dice y oye por ti, hubiera gente como ella, dispuesta a obligarnos a pensar con unos trazos de color, con un audiovisual o con un “libro feo”?.
Mi curiosidad, su felicidad me obligaban a saber más.
Por eso corrí en busca del muy noble y excelso Diccionario de la Real Academia y traté de hallar la palabra reparador…..”el que soluciona o arregla algo que se ha roto”. Funcional si, pero ¡leches que poco imaginativo!.
Intenté hallar la solución en la Larousse pero allí solo me dijeron que podría “reparar” mis ansias por saber más, comprando a plazos su nueva enciclopedia actualizada gracias a la cual podría obtener la tarjeta “Cliente Chachi Que Ha Llegado” donde su principal ventaja radicaba en que ocupaba poco espacio en mi cartera, estaría en una lista de receptores de correo basura y podría pagar lo mismo solo que en mensualidades todavía más incómodas.
¡Por Dios que efectividad comercial! pero…..¿y lo mío?.
Acudí raudo a la Biblioteca, la Municipal, la que aparecía tan de vez en cuando en el Presupuesto Anual que sus libros enmohecían y envejecían deshojándose a medida que pasaban los años. Incluso llegué a toparme con uno llamado “Dios, Patria y Rey”, el cual aseguraba que sin estos tres conceptos, el país caería en una bacanal de orgías carnales y concupiscencia visceral…….!ya ves y yo deseándolo!.
Como aquello no solucionaba nada, retorné a tecnologías más actuales y tras comprobar que existen 38.967.998 páginas con la palabra sexo inscrita en algún lugar de ellas…..desde “Sexo a Tope” hasta “Sexo Tántrico” pasando por “Sexo sin Sexo” o “Sexo es pecado con dos mujeres o con una mano” no logré hallar indicio alguno que me ayudara a averiguar algo más sobre los “reparadores de estrellas”.
Ni los abuelos más abuelos, ni las abuelas más cotillas, ni los astrólogos más estrafalarios, ni videntes, sabios, astronautas, viajeros, expertos, científicos o prestigiosos estudiosos supieron darme tan siquiera una sola pista sobre ello.
Agotado, como mis fuentes, retorné varias semanas más tarde al mismo prado, tratando de encontrar su estela bordada sobre la hierba……la noche era mucho más fría, heladora, mi aliento se disipaba apenas salía de la boca y ella no estaba junto a mi para cogerme de la mano.....la añoré, LA AÑORÉ más intensamente que nunca y entonces……!pum!......!ostias!.
Sobresaltado, abrí los ojos justo para ver como se precipitaba lo que yo creía era estrella fugaz…..pero cuando iba a pedir un deseo, justo donde había contemplado el último estertor del astro, se abrió ¡una puerta! y de ella surgió una diminuta cabeza y una mano que recogía algo del panel nocturno y retornaba a la oscuridad para cerrar la portezuela……..sin embargo, antes de echar el cerrojo, me miró, si, estoy seguro de que lo hizo.
- ¡Eh, eh, eh!, ¡Espera por favor!, ¡Espera!
No pareció oírme.
Regresé al mismo lugar la noche siguiente, y la siguiente, y todas las siguientes durante más de un mes.
Y lo hice con tal persistencia que la cama tenía celos de la hierba y las ojeras se extendían más halla de mi cara…..incluso creí distinguir que una perdiz hembra, tan acostumbrada a verme como ya estaba, guiñó uno de sus ojos en la creencia de que yo no era hombre, sino macho de su especie con pretensiones de formar familia.
Pero a la trigésimo tercera noche, entristecido, decidí creer en lo fácil e imaginar espejismo lo que un mes antes me pareció casi tocar con las yemas.
Volví a casa decidido a reconciliarme con las sábanas.
Apenas llegué la llamé.
Su voz sonaba profundamente abatida……decía sentirse fea……decía amar la belleza….y desesperar buscándola.
Por una vez me olvidé del despertador pero ni tan siquiera así conciliaba el sueño.
Su voz, sus afligidos ojos intuidos al otro lado del cable, su……
- ¡Quien coño es usted!.
Mi mente estaba tan atareada que ni tan siquiera me había dado cuenta del hombre que, sentado en una esquina de la habitación, contemplaba mi insomnio con su rostro maduro aunque todavía no anciano.
De bigote generoso, prominente diría yo, nariz chata, cejas con serio problema de superpoblación y cuerpo bajito aunque fortachón, limpiaba sus gafas con una gamuza tan sucia, que uno no sabía muy bien si era la gamuza quien limpiaba las gafas o viceversa.
- No grites zagal….que tus vecinos son de los que duermen.
- Pero….
- El otro día me llamaste ¿te acuerdas?....-estaba demasiado estupefacto para responder- Ya sabes, cuando se rompió la estrella.
- ¿La estrella?.....¿las estrellas se rompen?
- Pues buena me ha caído – lamentó cogiéndose con dos dedos la nariz y meneando la cabeza de lado a lado – Vamos a ver ignorante, que te creía listo y me sales corto de entendederas……la estrella se rompió y tuve que repararla ¿te acuerdas?.
- Si…..- la cosa me sonaba a 28 de diciembre pero allí, en calzoncillos sobre la cama y ante un desconocido…..mejor era no llevarle la contraria.
- Venga levántate que tenemos faena en abundancia.
- ¿Aprender? Perdone pero no le conozco y así….en ropa interior…..por lo menos podría…...
- Yo soy Paúl…..cincuenta y dos años, soltero, perpetuamente enamorado, vivo en un apartamento modesto pero coqueto en Vilanova y la Geltrú, pago hipoteca hasta por la cortinilla del baño, de día trabajo como reponedor en una tienda de electrodomésticos y de noche….soy “reparador de estrellas”.

Han pasado seis años desde que conocí al bigote de Paul……siete desde que ella me cogió de la mano.
Con el tiempo y mucha paciencia fui descubriendo los secretos de este oficio secreto.
Tal y como le sucediera a su predecesor, y al predecesor de su predecesor desde que las estrellas eran estrellas y fue necesario repararlas, a medida que lo hacía el iba olvidando lo que yo aprendía hasta que una mañana me lo crucé por la calle y no supo reconocerme. Sigue como reponedor y sigue pagando hipoteca y sigue enamorado.
Ahora cuento con una mano los pelos lozanos que todavía me quedan y con dos los que sobreviven a mi calvicie.
Pero cada noche, apenas termino de recoger el comedor y pasar los vales, el cansancio que he arrastrado durante toda la jornada desaparece, busco el mono azul con un cometa blanco fosforito correteando constantemente sobre la tela y me voy a trabajar.
¿Sabían ustedes que las estrellas fugaces no existen?.
No se desanimen por favor.
Lo que en realidad sucede es que las fugaces no son otra cosa que estrellas apenadas que ya no se sienten capaces de soportar la infelicidad que iluminan cada noche y padecen viendo lo que ven hacer a la gente.
Por eso decaen, se agostan como un río en verano, como lo hace el sol por la noche o la hoja del hayedo en octubre.
Las estrellas son seres mimosos y sensibles, con un rostro mofletudo y unos ojos pequeños, negros, redondos, muy vivos…..por eso cuando una se viene abajo, atento como estoy, abro la puerta muy rápidamente y la cojo antes de que toque el suelo.
La llevo al taller sin herramientas y allí la escucho, le hablo, trato de recordarle que por fuerte que sople la tempestad siempre hay un momento de calma, algo hermoso por lo que merece la pena seguir brillando, no se, un búho ululando, la sombra de una estatua, el quejido de las ramas de un árbol, de mil árboles, de cien bosques…..y con cada razón que le regalo, la estrella caída parece brillar más y más, un poco más, un poquito más hasta que tengo que buscar las gafas de soldar para aguantar tanto fulgor y es entonces, solo entonces cuando la vuelvo a colocar en su sitio.
Recuerdo el día en que a la Osa Mayor le salieron mal los cálculos y se dispuso allí donde la escenografía le mandaba estar dos pasos más a la derecha.
Una de las estrellas de Dragón chocó con ella astillándose la punta……y, créanme, reparar la punta de una estrella no es cosa fácil.
Esto no se arregla encofrando y cementando, ladrillo, tornillo, paleta y vuelta a empezar no……esto se solventa con una “lista de deseos incumplidos”.
Cada vez que tengo que remendar a una estrella, cojo un saco y recorro medio mundo recogiendo todos los deseos que puedo…..Paz para los iraquíes, equilibro para los Nepalíes, una oportunidad para los africanos, pan para Somalia….selecciono y mando a tomar viento fresco aquellos que siempre algún listillo me intenta colar……mejor balanza de pago para los europeos, índice bursátil en claro ascenso para los norteamericanos, un bolso de diseño que no entiende de apuros a final de mes para una niñata de Móstoles que me tiene frito con sus tonterías…..
Luego regreso y se los voy enseñando a la enferma que poco a poco se va inflando, inflando, inflando hasta que de repente, pura magia, brota nuevamente la puntita perdida y puedo volver a colgarla del cielo.
Pero una noche, mi estrella favorita, Nereida, no quería brillar.
Como hacía desde hacía años, abría las puertas del corral cuando ya el sol se recostaba por poniente y todas salían en tropel y alborotadas……pero ella, ni tan siquiera alzó la mirada.
A diferencia de las demás, Nereida no tenía los ojos negros y diminutos sino amplios, inmensos, de un claro desconcertante, capaces por tanto de ver más y mejor, propensos a sufrir con mayor hábito, las tristezas ocasionales que toda estrella padece.
- ¿Hoy no puedes? – pregunté.
Ella afirmó con la cabeza.
- ¿Hoy no deseas?
Volvió a afirmar.
- ¿Es por el dolor, es por la indiferencia de quienes no lo padecen?
Afirmó nuevamente.
- Entonces sígueme.

Hay un lugar en el cielo del que raramente hablo.
Es un recoveco tan escondido, tan bien camuflado que ni los telescopios más potentes e ingeniosos han sido capaces de descubrirlo…….es el “balcón de los buenos deseos”, el lugar que siempre elijo cuando pretendo acercarme a ella, susurrarle en la distancia.
- Mira – le dije señalando con el dedo.
Ella permanecía acuclillada en el borde del abismo.
No contemplaba el paisaje.
Con su cabeza, con sus pelos alborotados embutidos entre sus piernas, sollozaba.
De haberla abrazado, de saber que en secreto la miraba, jamás habría llorado.
Ella se creía fuerte pero en realidad, bien sabía yo que la muerte de una hoja la entristecía, la de un árbol la deprimía, la de un bosque la clausuraba y la de un monte le quitaba las ansias de seguir adelante.
- Todas las noches Nereida, deseo abrazarla, todas las noches deseo con todo mi corazón que sonría, que sienta lo especial que es para mi….todas las noches la amo, pero no puedo entorpecerla, no puedo exigir nada…….por eso te necesito, por eso ella te necesita. Ambos necesitamos que nos mires….dile a ella “te quiero” y a mi “te añoro”…..dinos a ambos “nos vemos pronto”.
Y es que todo lo que ha sido creado, desde el microbio más infecto hasta la ballena azul, tiene un objeto, una razón para estar allí…..las estrellas son mensajeros…..dos personas al tiempo, mirándolas, por lejos que estén pueden hablar entre ellos.
Lo se muy bien, nadie las conoce mejor que yo…….por mucho que ustedes no crean en mi cordura, existimos, si, nosotros……los “reparadores de estrellas”.

Bucardo

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Con lo bien que se vivía en el pueblo


¡Con lo bien que se vivía en el pueblo!
A Felix la vida le echó una sonrisa desde recién parido.
“!Mira que tengo suerte!” solía repetirse.
En su mocedad, cuando Alfonso XIII tuvo que salir a escape y a la bandera de la “Salavilla” le cambiaron una franja roja por el retal violeta, nacer con tierra, vaca y herencia era de afortunados.
Y aunque para sacar provecho al huerto le tuviera que madrugar al sol y para darle renta al rebaño marchar a la cama cuando las estrellas clareaban, Félix agradecía que la hierba que recogía fuera a engordar sus propias bordas, no las del amo.
Si la cosecha era buena, en casa se amasaba el pan con los costales de sus propios campos y no comprada a los del llano, bichos poco fiables, que la engordaban con polvos de talco.
Si de ventanas para afuera el viento sacaba pecho, el fogaril comía leña de sus propios pinares, sacada de una leñera repleta, donde rebuscaba buena piara, cerca de una bodega que no sabía lo que era el vacío.
Por eso, aun en edad tierna, sabía agradecer el plato de boliches y el que sus carnes no le tuvieran miedo a un invierno largo, mucho más para las casas que temían tanto al frío como al hambre.
De vez en cuando, con los vinos de cantina, los quintos trataban de convencerle para que marchara a trabajar a la fosforera de Sabiñánigo.
Con el tren había llegado las fábricas, que consumían no solo el aire sano sino la sangre joven de los pueblos más agrestes y cercanos, los del Sobrepuerto, los del Serrablo, que veían poco a poco, vaciarse sus casas al ritmo que el Estado hacía pisos malos y baratos al amparo de las chimeneas.
A Félix aquello no le parecía negocio.
Cambiar casales centenarios de piedra gruesa por ladrillos de ocho pisos sin ascensores, para vivir no en el monte abierto, sino en cajas de zapatos.
- ¡Que fábricas ni ocho cuartos!. ¡Con lo bien que se vive aquí!.
Lo peor cuando se es joven, suele ser la rutina.
Dicen los casados que no hay cosa más emponzoñada para aborrecer a la mujer, que levantarse todos los días con la misma.
Pero ellos, que también son mozos, suelen olvidar que en la edad de las preguntas, las más de ellas, se quedan sin respuesta en unos valles tan cerrados.
Al punto de la mañana con el pie al suelo, a última de la noche con tres mantas hasta el cuello, en verano con la vaca encarada al puerto, con las nieves de octubre a las cuadras repletas de hierba.
Si siembras en mayo, verano de segarlo y para fiestas solo cuando hay santo….Navidad, Semana Santa, San Miguel.
Esta última era la favorita de los de Linás.
La “sanmigalada” significaba mozas guapas y mozos empavados, ocasión de romper hábitos, verbena, ronda y si había suerte, pajar y padres despistados, poner en la mano algo más que azada y cayado.
Era así de sencillo.
Entre montañas que poco dan, el hombre no podía ser complicado.
La vida era como era y los roces siempre eran por cosas superfluas, casi tontas…por tirar el orinal demasiado lanzado hacia mi portal, por que el perro de uno preñe con insistencia a la perra del otro, por un huerto que gana terreno a costa del camino comunal.
Lo dicho, todo insulso.
Sin embargo a los hombres cultos, les da por tildar lo sencillo como propio de retrasados.
Liar lo bien hecho para complicarlo, hacer que dos y dos ya no sean cuatro, es deporte al que le cogen gusto aquellos que miran por encima del rabo de la boina a aquellos que la llevan sin a nadie hacer daño.
Aquel mes de julio, en lo peor de la calorina, ya era mitad mañana que no había cristiano capaz de asomarse al portal y aguantar tieso frente a la solera.
Félix como todo, había oído en la radio que los generales andaban revueltos.
No era nada nuevo.
Hacer de salvapatrias casi era obligado para los del fajín y las medallas.
Tan tradicional como ir a misa.
Pero en Linás todos rumiaban, no por la igualdad social y el mal reparto, sino temerosos de que el agua no les llegara a septiembre, que se les evaporara antes de liberarla en la canalera y terminaran por tener que cosechar la mitad de lo previsto.
La cosa cambió para siempre el día que llegaron ellos.
Porque una mañana llegaron y la única plaza del pueblo, se lleno de camiones pintados en rojo y negro, de donde bajaban los milicianos, con el aspecto desaliñado, los monos azules, los pañuelos al cogote y el rifle tan pegado a sus manos como las mismas uñas.
Los engancharon a todos para darles la charla y hablar de revoluciones y conversiones agrarias, de libertad individual y opresión burguesa, del militarismo, de la productividad a destajo….cosas que entre los paisanos sonaban extraño, raro, lejano…más entre unas gentes donde la escuela se pisaba para aprender a firmar las actas de matrimonio, nacimiento y cementerio.
El que hablaba, un mozo escuálido de ojos hundidos y barba poco hombruna, comprendió que no iba a poder con ellos, decidió ahorrarse saliva y acometer por las bravas…
- ¡Desde ahora todos rojos y viva la revolución!”.
Tuvieron que aprender a levantar el puño.
“!Con lo bien que se vivía en el pueblo!”.
Al mosen no volvieron a verle el pelo.
En los corrillos algunos andaban diciendo que estaba “despachado” en algún barranco y que los buitres que asomaban sobre la muga del Cotefablo, andaban detrás de sus huesos.
Otros aseguraban que algún piadoso le dio chivatazo de que iban a darle “paseillo” y que el hombre, previsor, puso los pies camino de Biescas, donde los de su cordal se estaban reagrupando.
Para otros la opinión sobre el tema era imposible y la vida no tan buena…sencillamente porque los mataron.
Con los del mono se desató una botella de gaseosa con demasiado gas acumulado.
Por ser ricos, por guapos, por la pretendida que les quitaron, por una vez que no me prestaste huevos…..
Una pena.
Todo pena.
Claro que el cambio no fue a mejor.
Una noche, después de algo de nervio, los del mono huyeron cañoneados hasta la frontera.
Al día siguiente la plaza volvía a estar repleta de caminos, solo que estos tenían las rojigualdas en todo lo alto y la veintena de soldados, al mando de un oficial inmaculadamente uniformado, sacaban cara de pocos amigos y gatillos no demasiado alejados de la intención de usarlos.
El discurso mudó a “conspiraciones judeomasónicas”, “contubernios comunistas”, “ateismo agresor de los mas sagrados valores patrios”, “caudillos regeneradores de la santidad de España”….
Félix, primero de todos, le hubiera gustado preguntarle por el significado de tanta cosa junta.
Pero hizo bien en callarse.
El pobre Mateo, que de luces pocas y seso todavía menos, alzó la mano y pidió que le aclararan.
- ¿Somos rojos o falangistas?. Lo digo por decírselo a mi madre y tenerlo bien claro.
Al capitán el color de la carne le cambió del carnoso al rojo sangre.
Y lo que pasó luego se solventó con otra visita al cementerio.
Con los años que traen canas y las canas que traen hartazgo, las cosas volvieron a su cauce.
Cuando la sangre espesa aparte del colesterol, tiene lo bueno de calmar los ánimos y atemperarle a uno las ideas.
De viejo se piensa más que no mejor y se suelen encontrar las respuestas que en la mocedad nunca se hallaron.
Miraba ahora desde las solanas, el invento de la democracia, ese que llenaba la boca de muchos con lo del “socialismo” y constitución y la de otros con la idea de que España era “una, libre y la ostia de grande”.
Lo miraba si, con poca gracia.
Agradecía la ausencia de hambre o el peligro de que esta apareciera.
Por eso no había plomo aunque no se evitaran las diferencias.
Gentes de chato diario como si tal cosa, ahora no se hablaban porque uno era de tal sigla y el otro de la contraria.
Amigos de escuela a los que el mismo maestro enseñó a sacar suma y resta, desde que visitaron la urna se tratan lo justo para no quedar por maleducados.
Vecinas de colada se las remiran, echando la culpa de la menor blancura a que la de casa tal es roja y la otra una facha de mierda.
El pueblo es pequeño y los del mitin se ríen el alto, cebados sus bolsillos por esa lengua de cuchillo que tienen, capaz de separar el pegamento de siglos.
Félix respira aliviado.
Agradece sus ochenta pasados y el hecho de que no tendrá que soportarlo.
Es lo bueno de vivir mucho.
Que la experiencia sube tanto como bajan las ganas de ampliarla.
“!Con lo bien que se vivía en el pueblo!”.

Bucardo

Registro Propiedad Intelectu@l

martes, 1 de abril de 2008

El Remedio


El Remedio
Todos los recepcionistas se mueren de cáncer.
No me lo estoy inventando sino que es una realidad probada, aunque no se salga en las estadísticas.
Cada oficio tiene su castigo.
Un minero ahoga sus pulmones en carbonilla, un pescador se deja siempre tres o cuatro dedos en el aparejo, a los trapecistas se les cuentan antes las costillas sanas que las rotas y no los políticos siempre tienen los bolsillos llenos y la verdad sin lengua.
En nuestro caso, los que limamos paciencia tras el mostrador, abonamos con generosidad nuestro propio y particular cáncer.
Verán, esto no lo descubrí yo.
Cuando exprimían mis prácticas uno del ramo me lo explicó sin miramientos.
- ¿Tu crees que después de pasarte día tras días, mes tras mes, años y más años soportando gilipollas no se nos licuan las tripas como si la sangre fuera enzima de araña?.
El tío era culto.
Quería ser artista.
Pero como la pintura no compra baggetes, terminó por hacer sueldos con los turnos de noche en una cadena frecuentada por árabes petroleros.
- ¿Pero supongo habrá algún remedio? – respondía acojonado por la idea de estirar la pata vomitando diminutos trocitos de mi propio hígado.
- Si lo hay, todavía no se ha encontrado.
Poco a poco cuando por fin dejé de ser el chico de prácticas para encadenar contratos temporales sin experimentar la sensación de fijo, tuve que reconocer, muy a mi pesar, que aquel artista malogrado, llevaba la razón consigo.
Bastaba con definir lo que era un puente festivo…esos cinco o seis días masticando hora tras hora en el parapeto, hilando histerismos, gritos, insolencias, maleducados, improperios y stress ajeno.
Quien lo conoce y ha sobrevivido, tan solo le queda conocer Basora.
Una madre al borde del histerismo que te llama incompetente cuando descubre que sus “niños” de dieciocho años dormirán con un tabique de quince centímetros de por medio…..un chulapo presumiendo de prepotencia ante la facilona que se ha agenciado, la misma que se la mama sin consentimiento de la parienta y que exige una cama resistente que ampare sus eyaculaciones precoces…..una vieja y su esposo igualmente envejecido, quien asiente sumiso tras ella mientras se critica el cortinaje de la habitación….un extranjero con acento del Próximo Oriente exigiendo descuentos porque el barniz de la tarima desluce sus chancletas horteras…..un adorador de su propio coche que se enfurece pues se le reservó la mejor habitación para su mujer en lugar del mejor parking para su vehículo…..unos niños estridentes abandonados por sus padres quienes se consideran tan en vacaciones como oficinistas que como progenitores…..todo ello basta para replantearse la vocación si se desea pasar de cuarenta.
Preocupado por ello, comencé a acudir al especialista cada vez que las retinas me desenfocaban, que los riñones se tensaban, que el cuello crujía o la cadera renqueaba…y en todas ellas me dijeron que o corregía la postura frente al ordenador o terminaría con hora fija semanal en el masajista.
Pero yo andaba convencido de que debía haber algo y no estaba dispuesto a quedarme cruzado de brazos mientras oculto en mis células, andaba mi certificado de defunción.
Fue entonces cuando pasó.
Aunque debería estarle eternamente agradecido, de la susodicha no recuerdo su nombre…aunque si su estampa.
Era una mujer madura, sin llegar a vieja, rellenita sin llegar a gorda, de ojos oscuros sin llegar a negros, cuello grueso sin llegar a papada y escaso intelecto, llegando de sobras a la estúpida más absoluta.
Llegó, fichó y subió para luego volver al descenso para recordarme las tensiones del oficio.
No era por el cortinaje ni por la tarima.
El baño era amplio, la cama nueva, el salón bien equipado y las vistas…espléndidas.
La cuestión radicaba en sus orgasmos, o mejor dicho en la carencia de ellos, insatisfacciones propias de una vida sin pene ni consoladores a mano.
- Ya se pueden esperar la propaganda que voy a hacerles….si, ya verán…¿en que hotel no tienen Telemadrid?...abrase visto, ¿y ahora que hago yo eh?....siempre me duermo viendo ese programa y si ahora no lo veo…¿qué hago?...!pero déme una solución!…..yo quiero Telemadrid y si usted no me lo soluciona….pues le presento una reclamación….vamos hombre que en un hotel de esta categoría…pero claro eso es lo que dice el folleto….pero la realidad es que esta hecho un asco…¿dónde se ha visto que no halla Telemadrid?....vamos….vamos…¿qué solución me da?.
- Apagar la tele y hablar con su marido.
No se lo esperaba.
Es verdad que tampoco creía que fuera a hacerme caso.
Tras la sorpresa o el susto, incrementó el griterío pero lo consideré buen síntoma.
Había dado en el clavo.
No solo averigüé las carencias de la dama sino que halle, sin que nadie me propusiera al Nóbel, el remedio a nuestros males.
Para soportar aquello no debía ser tan soez como la enfermedad sino actuar a la viceversa.
Bastaba con recordarles educadamente, las carencias que ellos mismos se negaban y algo por dentro se limpiaba.
Si ya se, arriesgo a perder clientes….pero es que me pueden más las ganas de tener nietos.

Bucardo

Registro Propiedad Intelectu@l