domingo, 16 de marzo de 2008

El Vagón


El Vagón
El vagón chirría y con cada curva, el rebaño, apelotonado, sigue la mecida, de izquierda a diestra, según la curva les marca.
Parada tras parada, una autómata sin cara, informa donde, abre las puertas, vomita y traga para luego volver a chirriar, meciendo la silenciosa carga.
Si, a pesar de la mucha boca, allí solo el silencio habla.
Pensamientos callados, pensamientos por las vergüenzas sofocados, sufrimiento atenuado por los auriculares, recelo, bolsos prietos, miradas fijas sobre el suelo de goma.
Asientos repletos, sudor rancio, pasillos donde solo se empuja, turistas rojizos sonándoles el hábitat pero no el idioma, pensionadas agrias, pelados agresivos, pijas con falda a cuadros y raterillos escurridizos.
De nuevo la robótica anuncia, libera parte de la carga, traga la que espera, queda la cosa igualada salvo por el ratero y la cartera, que faltan.
La nueva remesa trae consigo una niña, del brazo de su madre, temerosa por el retraso o porque la selva se la trague.
- Hola.
La niña saluda porque se cree educada.
Pero lo que recibe son miradas incomprensivas, agresivas pues se sienten interrumpidas en su acostumbrado chirrido.
- Calla hija – la silencia - ¿No ves que molestas?.
Bucardo

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La Inutilidad


La Inutilidad

Francisco callejeaba con pocas paradas y contemplaciones, a través de una ciudad aburrida, sobre un asfalto que le resultaba soporiferamente reconocido.
Somnoliento por culpa del incomprensible e inquietante calor de marzo, pasaba frente a los escaparates sin hacerles la menor carantoña, sin pensar en el donde y como del siguiente paso, dejándose llevar sin mayores obligaciones que respirar y velar porque, en los pasos de cebra, un urbano consiguiera que dejara de hacerlo.
Fue al girar la esquina de San Gil, aquel cuadrado perfecto y despersonalizado, donde aun gris y uniforme, alguna osaban llamarlo bulevar, encarando ya la callejuela del Pescador, donde topó con el coche…blanco, con señales de óxido en sus bajos y toda la pinta de llevar mas tiempo del debido, sin moverse de aquella plaza.
Sobre su carrocería, sobre todo a vista de cristalera, se esparcía una fina capa de polvo incrustado, revelador del abandono que lo condenaba a las peores querencias.
Con la fama del barrio, sorprendía verle las lunas intactas, sin que nadie se las hubiera reventado para echar mano a todo lo que quedaran de valor entre los asientos.
Pero salvo la gasolina del depósito, no quedaba cosa con ceros a la diestra, dentro del vehículo.
Si no hubiera sido, habría pasado frente a el, tan recto y ausente como los treinta minutos que llevaba paseando.
La culpa recayó en el cartel, un letra imprenta en Arial veintitantos donde el dueño, anunciaba que lo vendía a quien le pusiera 350 euros en la mano.
El amo no era tonto…lo que resultaba ser es demasiado honesto.
Con igual tamaño, advertía, dos líneas más abajo, que quien se lo agenciara, debía pensar en la forma de moverlo, puesto que el vetusto coche, llevaba ya medio años sin que nadie hubiera sido capaz de arrancarlo.
Francisco se lamentó por haberse dejado la digital en casa.
Aquella buena foto bien publicitada, continuaría recordando a quien lo dudara, que España continuaba siendo, para lo malo y lo curioso, diferente.
Prosiguió con el paseo, solo que con la cabeza algo más ocupada.
En media hora rato había distraído la sombra frente a cientos de vitrinas y miles de sus productos.
En “vogue” o con imagen de casta, “in” o “out”, cutres, laboriosas, estéticamente diseñadas o artesanía pura, los escaparates pretendían convencer para que la cartera aflojara, ofreciendo servicios de masaje, abdominales de chocolatina, viajes exuberantes, aventuras, miel de romero y pizza grasienta, ofertas de supermercado barato, películas con imagen de rostro subyugante, promesas de sexo sin complicaciones, abusos inmobiliarios, lámparas rococó, antigüedades con certificado, billetes a Budapest o perros de auténtica raza, gorritos de baño, preservativos en oferta tan caduca como ellos mismos, pan recalentado, dietas de San Judas Tadeo y milagros del Evangelista de turno.
Todo se prometía, todo debía ser ofrecido, tan solo si se tenían argumentos para comprarlo.
Pero aquella era la primera vez que Francisco descubría, que en el mundo donde vivía, pesara o no pesara, hasta la inutilidad, podía ser vendida.
Bucardo

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martes, 11 de marzo de 2008

Las Manos


Las Manos
María tenía un don.
No por nacimiento sino por práctica.
Acariciando con suavidad una mano, cualquier mano, era capaz de descubrir como había sido, como era o como sería.
No hacía falta que conociera al dueño, ni su nombre ni sus antepasados.
Tan solo necesitaba palpar delicadamente y como si de viera a través de un telescopio, visualizaba las respuestas.
No, desde luego que María no era vidente ni astróloga, ni uno de esos bichos raros con sotanas de lentejuelas que andan prometiendo cielos en el infierno cuando las televisiones aburren a la madrugada.
Su virtud surgió desprevenida, un día, en que le dio por encapricharse de las venillas azules que se dibujaban entre los dedos de abuelo.
Hasta un ateo debía reconocer los “divino” que anduvo Dios el día que le dio por crear barro, del barro hombres, de sus costillas mujeres y como extremidades de ambos….dos manos.
Por eso ahora, trabajaba restaurando.
A las que cojeaban, las rectificaba, a las que iban a hacerlo, las prevenía y si ya no había remedios, las consolaba sabedora que no hay mejor placebo que una sonrisa franca y sin falsas promesas.
- Es como leer un libro – justificaba ante los incrédulos – Solo que en lugar de páginas, tienen dedos.
Los intrigados, los incrédulos, los subidos e ignorantes, aprovechaban cualquier ocasión para retarla y ella, paciente hasta la tontería, les concedía el capricho, no fuera por enfadarlos o que consideraran un “no” como la peor respuesta.
Aquella noche nos reunimos media docena.
Se suponía que éramos adultos pero lo cierto es que como si fuera Noche de Reyes, acudimos bajo la promesa de un Rioja que a saber como Sergio, había conseguido bajo el chaparrón perpetuo de la Gran Bretaña.
El vino y el castellano, terminaron por animar la chispa y con ella, surgió de nuevo el reto que ella, suspirando, aceptó con un vendaje de ojos entre medio.
Ian nos miraba con esa cara de interrogante que ponen aquellas criaturas con pañales y esfínteres incontrolables.
Gustavo era presa fácil.
Los pescaderos suelen tener las manos como si las hubieran puesto dentro de una máquina de Braille, punteada por las espinas convertidas por tanta escama descuartizada, en una consistencia muy parecida a la que ofrecen las resbaladizas truchas.
A cada acierto un brindis y el clima, parecía sernos menos hostil y húmedo.
A Sara la delataron sus uñas.
Era uñas sin gana de nómina, con ganas de dejarse preñar por el primer ingeniero desprevenido pero con buen sueldo que se le metiera entre las piernas.
Demasiado frescas, demasiado procuradas, con el trazado firme que suele proporcionar una visita semanal a la esteticista.
Con Sergio no era mérito.
Sus dedos eran como arietes, en ocasiones bruscos, en ocasiones tercos, pero carentes de mala intención, inflamados por el pico y los hierros, por el calor sin derecho a sombra, por la soledad, la angustia, los sofocos y el miedo al hambre.
Dedos que lo mismo partían nueces sin esfuerzo que le erizaban a María todo lo innombrable, irremediablemente sumisa ante aquella mezcla de rudo con cara de tierno o loco con aspiraciones a cuerdo.
Ian quiso jugar aun a pesar de estar vendido.
Incluso sin ser su madre, aquellos dedos se delataban por el tamaño y la inocencia, por desconocer el dolor y las prisas.
Y así, rebotándonos las risas, parecíamos olvidar toda la hostilidad que dejamos afuera, esa que de diario parecía doblegarnos pero que en ese momento, en ese instante, nos daba igual, nos importunaba un poco menos o nos brindaba una leve tregua.
Al menos hasta que mi zurda se posó entre sus manos y la sonrisa de María, escasa y difusa pero siempre auténtica, se esfumó como la niebla cuando se torna cálida.
¿Acaso no me reconocía?.
No.
No había duda dibujada, ni ignorancia, ni mentiras.
María sabía perfectamente quien era.
Pero a pesar de las confianzas no se atrevía a confesarlo, y la faz se le borró sin alegría.
Se quitó la venda y me miró, como lo hacen quienes exigen respuestas.
- ¿Qué tienes? – preguntó sin que ninguno, salvo nosotros, comprendiera.
- Unas manos frías.
- Nadie muere y luego camina.
Pero ya no la escuchaba.
Algo incomodado, lo reconozco, salí de la casa y con abrigo puesto, dejaba que los pasos fueran poco a poco introduciéndome en la oscuridad, sin mirar atrás, sin desear verlos, sabiendo que por primera vez, alguien me vio desnudo….con todo el ropaje puesto.
Bucardo


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Cerrados se disfruta Más


Cerrados se disfruta más
Supongo que no es normal.
Cuando a uno lo hunden entre sábanas, con el pene viscosamente insertado entre los vaginales labios de una hembra, lo que más suele saturar la cabeza, todas las masculinas cabezas, son las súplicas por un mayor aguante o un menor ridículo.
Pero como ese pequeño lujo que llaman normalidad, no suele precisamente saturar mis neuronas, mientras ella cabalga y yo aferro con dedos suaves sus caderas, me resulta imposible el no reparar en sus ojos, ignotos, ocultos por eso de girar la cabeza de un lado a otro mientras los sostiene cerrados.
¿Por qué no me mira?.
A esta, que a costa de misas es ya cura, no le deberían sonrojar las primeras vueltas en que se la ve desnuda.
Por mucho que sea cuestión de media noche convenciendo, cuarto de hora buscando cosquillas y cinco minutos ejerciendo, aunque los dos sepamos que antes de cerrar ella la puerta o dejarme el ascensor frente a la portería, habremos olvidado nuestros respectivos números, aquel ridículo detalle, resultó ser demasiado perturbador, aunque la obscenidad de su pendular ombligo y sus pezones rosados, continuaron manteniendo mi erección con la bandera bien plantada.
Pero….¿en que estaría pensando?.
Imagino, solo tengo que mirar el espejo, que a esas horas, tal vez con el sentido menos embotado por la cerveza, andaría ya con los arrepentimientos por haberse dejado sobar por alguien a quien creía con menos barriga y más tacto.
Imagino que puestos a pecar, pues pecado es lo que estamos haciendo, cierra los ojos para soslayar lo prohibido, para que a través de sus retinas, no descubra nadie que su corrida le viene al ritmo que otro le marca…..mas moreno, mas fornido, egregio dios griego y con nombre desconocido.
La cuestión de su goce, se me antoja desde entonces una sosa pérdida de tiempo.
Los hombres, queramos o no queramos, somos sencillamente, los borregos más sumisos, engañados por las promesas de una falda, hipnotizados por el péndulo oscilante que viene a ser un clítoris.
Pero da igual.
En realidad poco, nada importa.
De bachilleres y con la testosterona más crecida que la sangre, suele considerarse como grave ofensa cualquier duda acerca de la virilidad propia.
Pero cuando la treintena ya no asoma sino que asola, el hecho de que anden cuestionados nuestros centímetros o la frecuencia de su uso, suele tomarse con el sarcasmo o la ironía de quienes aceptan la ausencia de todo remedio.
Está acelerando y por sus gritos, deduzco que ya toca la aldaba el señor orgasmo.
Si, aunque entre ellas supongo ya lo sospechan, resulta que poseo, aquí donde lo ven, un arma infalible aunque conocida, que me libra de semejantes apuros, que equilibra y logra convencerme de la buena idea que supuso, el poner relleno al condón.
Cierro los ojos.
Oooooo….si……si desde luego…..ahora, ya cerrados, merece más la pena.
Bucardo

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lunes, 10 de marzo de 2008

Soy Inmortal


Soy Inmortal
El mundo arde pero sus cenizas no se regeneran.
De costado a costado, sin paz, descanso o tregua, cada vez más suicida, cada vez más acelerado, todo eso que nos rodea, va transformándose en tornado, absorbiendo incluso a quienes no lo pretenden, a quienes ofrecen resistencia y sobre todo a quienes pueden revelar el destino al que se les condena.
Es inevitable y aunque cierro los puños y me quejo……la edad, la desilusión, mi soledad o el desafecto, hacen que cada día digiera mejor que lo acepto.
Morir en vida antes de hacerlo muertos.
Por eso, sin esas prisas, aun siendo hombre, parí mi criatura como la ilusión más perfecta.
Por eso, aun a pesar de los insultos que son miedo, superando las críticas que ocultan envidia y las espaldas de aquellos que temen la verdad que su ego no tolera, cuanto por fin te sostuve entre mis manos, descubría, sin aspavientos ni eurekas que desde ese momento, mi nombre era inmortal aun cuando la carne del cuerpo, como la de todos, tarde o temprano se me pudriera.
Cuando las tumbas sean hierba y las lápidas polvo, cuando el paisaje que descubrimos mute tanto que reconocerse no pueda, bastará con que alguien desconocido, pronuncie mi nombre, para que del recuerdo retorne a la memoria y con ello, se me devuelva la vida.
Son las cosas buenas de amar la tecla y los símbolos impresos que las coronan.
Son las cosas buenas de saber como mientras las banderas y los himnos, los rencores y las avaricias manipuladas separan, la lenguas, las muchas lenguas, incluso las casi extintas, consiguen unir a quienes las hablan y a quienes se esfuerzan por comprenderlas.
Bucardo

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domingo, 9 de marzo de 2008

Lorenza

Lorenza
- Si hubieras dicho que marchabas…te habría preparado algo.
No podía evitarlo.
Lorenza era así y tal vez necesitaba sentir que lo era, mucho más que el aire, el cobijo o el alimento.
Ya con la cincuentena demasiado superada, con los cabellos demasiado encanecidos, con las manos demasiado callosas o la vida demasiado agriada, Lorenza era, para bien o para su mal, una mujer de demasiados, de esas que pidiendo corrusco, terminas saliendo con la hogaza.
Ya no hay señoras como ella.
Las mujeres que hoy respiran, lo hacen bajo su propio y egoísta compás, incapaces, como lo era ella, de dar y darse, de regalar desde lo que abunda hasta lo que falta, a quien le sobre, a quien lo precise, a su sangre, a cualquiera que lo pida, tan solo por verle algo de agradecimiento y saberse buena cristiana por algo más que ir a misa.
Hoy, en caso de dar, se suele pensar antes en lo perdido que en lo ganado.
Lorenza no daba licencia al agotamiento ni tregua al hartazgo.
Sus siestas se extinguieron cuando los griegos hicieron polvo las murallas de Troya y lo poco que dormía, aun escaso, le parecía siempre excesivo, como si soportar todos aquellos cilicios, machacándole las espaldas, fuera incluso poca cosa, frente a sus ignotos pecados.
Beata de todo lo demás, menos de si misma.
Cuando la contemplaba, no podía evitar sentirme algo confuso….en parte admirándola en parte preguntándome donde paraba la veta se tan exagerada fortaleza, impropia de aquel cuerpo esquilmado por los insomnios y las fatigas, por cuatro preñamientos engendrados de un marido que poco tiempo gastaba en agradecer el habérselos parido.
A mi, a poco que resoplara, me parecía una espiga a finales del verano, cuando se ofrece reseca, quebradiza, a punto de deshacerse con poco que alguien la apriete entre los puños.
- Esta – solían decir las que sabían-…el día que no la veas en faena, es porque la estamos amortajando.
De la Lorenza se hablaba poco.
Bueno, el pueblo no era cosa de muchos y siempre había tiempo y lenguas para rozar a cada uno lo suyo.
Pero ella era poca razón para protagonismos y si algo averigüé escuchando, es que quienes más alardeaban, suelen ser los que menos verdades pueden contarte.
Tan discreta como andaba, tan discreta vivía.
Por lo menos hasta que encontraron al Silverio muerto, de un infarto mientras hacía la leña del invierno.
Silverio y Lorenza no se trataban, no se hablaban, vivían el uno al contrario de donde el otro.
No es que anduvieran hostiles, sino que, sencillamente, el difunto vivía callado e inhóspito, reservado e incluso arisco….Lorenza en cambio se ofrecía franca y generosa, abierta y rara, muy rara vez seria.
Al primero cuando lo supieron muerto, tuvieron que rebuscarle la cartilla, para saber como se iba a pagar el funeral, alguien que no tenía apellidos que heredarse.
El dinero le sobraba, tanto como las ausencias en su entierro.
Yo era de los que estaba.
No es que le conociera, sino que atemorizado por el catecismo, había comenzado a ganarle puntos al cielo, ejerciendo de monaguillo.
El cura no andaba con prisas y este pobre, al que le pesaba la cruz procesional y la vejiga, buscaba un lugar discreto donde apoyar la una y aliviar la otra.
Haciéndolo con la mirada, fui a dar con Lorenza, bajo el ciprés, apartada y sola, con un luto tan riguroso, tan enquistado, que parecía ser más piel que tela.
Desde entonces nadie más supo verla como era.
Si, salía de casa al ultramarino, al mercado o a la romería, a recoger la colada para que no se la mal metiera el agua o a la consulta para sacarle las recetas a un marido tan inútil como un niño.
Pero entre medio, nadie sabe donde, se dejó olvidado el moño, la compostura de la ropa, la sonrisa o el ofrecimiento sincero a quien se lo pedía.
Lorenza no era Lorenza y algo me decía que durante aquella liturgia, al son del cura dando y rogando por quien apenas conocía, enterramos a dos, donde solo uno cabía.
Se dejó llevar por la inercia de quien ya nada espera, hasta que a ella misma se la llevaron bajo la sombra del ciprés.
Y mientras escuchaba aquel sonido tétrico que es la tierra con piedrecillas, golpeando la madera barnizada de la caja donde paraba Lorenza, recordé un respuesta, con forma de ella, atisbada a través de un ventanal en madrugada, su mano lanzando un beso al aire y una sombra sin cara, que lo recogía justo donde durante años, creía que el Silverio masticaba a solas sus sábanas frías.
A mis siete años, no dije nada.
Son edades en las que no se comprende que las hojas, suelen ser escritas con dos páginas.
Y cuando por fin lo entiendes, eres ya lo suficientemente mayor, como para seguir callado, pues ya has escrito las propias.

Bucardo

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jueves, 6 de marzo de 2008

No es culpa suya


No es culpa suya

- No es culpa tuya ser tan fea…..a fin de cuentas….eso que llamas cara, debe venirte de padres.
- ¡Y a ellos les viene de abuelos! – añadió la sombra.
La aludida soportaba aquella galerna, parapetándose contra la esquina, aprisionada por la inquina de tantas miradas agresivas y burlescas que la acosaban como lo hacen las hienas tras los pasos torpes de una cría de gacela.
- Y lo malo no son solo esas orejas de paquidermo. Lo malo es que con ese pelo de estropajo que te gastas, no eres capaz ni de taparlas – los insultos se aupaban cuanto más risa le hacían corrillo.
- ¡Podríamos ver “El Tomate” a poco que tuviéramos un televisor cerca! – añadió la sombra.
La aludida trataba infructuosamente de ocultar aquellas prominencias hostiles, metiendo el cuello entre los hombros, como si con ello pudiera soterrarlas a ellas y a su vergüenza.
- Échale un vistazo a tus pechos. ¡Si casi no nacen!. ¿Pero a ti por que te parece que me miran los hombres?. ¡Por esto! – exclamó al tiempo que remarcaba la forma de sus tetas, redondeándolas, apretujándolas obscenamente con ambas manos.
- ¡Eso, eso! – escoltaba la sombra
La aludida intentaba encorvar su cuerpo, camuflando sus carencias tras el jersey de lana gruesa, protegiéndose tras el hombro derecho, mostrando menos cara que espalda.
- Y esa cintura….!si pareces tres en una!. Estás tan gorda que parece se te cruzó el palo que comiste. Y con ese culo….tan orondo, tan flácido….aun eres joven y ya tienes más hongos en el trasero que mi abuela.
- ¡Gorda, gorda que estás bien gorda! – sazonaba con sal la sombra
La aludida luchaba estérilmente por zafarse del agobio pero con cada hueco que se le ofrecía, antes de que pudiera colarse, se lo cerraban, empujándola nuevamente contra el paredón.
- Vistes como una gitana, tal vulgar, con esa ropa de mercadillo, tan barata y hortera que se te deshace a poco que llueva….¿quien conoce esas marcas?.....¿a quien pretendes engañar?....no ganas ni para comprar unas zapatillas decentes, que no sean estas de….¿Sabeco dominguero?.
- ¡O del Carrefour! – gritaba enardecida la sombra.
La aludida escondió los dedos de los pies como si con ellos, siguieran las trazas de su mediocre calzado.
- ¡Si ni siquiera te maquillas!. Nena….con esa cara que ni Cristo sabe donde te para cada cosa, lo menos podrías engañarnos algo. ¿Así quién va a quererte?. Vas a terminar más Virgen que Teresa de Calcuta. Si, al final resultará que tu marido será alguno de esos moros que se casan con cualquiera, soportando incluso a alguien como tu con tal de que no los echemos.
- ¡Mora, serás una mora!.
Acuclillada, ocultaba su rostro entre las palmas extendidas, mientras lloraba, tratando de contener las lágrimas, para que estas no ejercieran de pila con las que recargar aquel ensañamiento.
- Y además tienes una lorza que ni…..
¡!!!RIINNNNNGGGGGGGG!!!.
Al compás del timbre, desde el pórtico cubierto de la escuela, la maestra palmeaba, llamando a sus pupilas.
- ¡Niñas….se acabó el recreo!.
Y las niñas, dócilmente, se pusieron en fila india, para regresar al pupitre.

Bucardo

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